Pasones Presidenciales

Cuando en el año 2003 Raymundo Riva Palacio, periodista de El Universal, publicó lo que ya para entonces era un secreto a voces, el creciente consumo de antidepresivos por parte del Presidente Fox, volvió a debate un tema que siempre ha sido manejado con mucha opacidad por parte de los círculos del poder: la salud, física y mental, de los gobernantes de este país.Amparados en esa tenue línea entre vida privada y pública, a nuestros políticos se les ha intentado cubrir con un velo protector que los ponga a resguardo de miradas y palabras indiscretas relativas a sus muy particulares costumbres, tendencias, aficiones… y adicciones. Nadie habla, sea por respeto o por miedo, de “esos asuntos”, y la justificación más usada es que “no es ético” y “se viola el derecho a la privacidad”. Los más indulgentes con estos “pequeños detalles” del comportamiento de nuestros hombres públicos, de plano dicen: “si a él (o ella) le gusta.. qué más da? Con tal que no afecte su desempeño”.

Ese es precisamente el quid del asunto. ¿Hasta dónde se ve afectada la actuación de nuestros políticos, debido al consumo, moderado o inmoderado, indicado médicamente o autorrecetado, de todo tipo de sustancias, legales o ilegales? ¿Puede un funcionario público, un gobernante, desempeñar eficientemente el cargo que le fue conferido, bajo los efectos continuos de alguna droga? ¿Es de verdad tan privado ese ámbito de su vida, cuando sus actos y decisiones públicas, que nos afectan a todos, se toman influenciado por algún agente externo?

Vicente Fox, quien hace unos días en entrevista declarara que al final de su mandato llega sintiéndose “como campeón, como todo un campeón”, es un asiduo consumidor de Prozac, el antidepresivo que causó furor en los años noventa, al grado de ser llamada la “pastilla de la felicidad”. Tal afición provoca suspicacias en los corrillos políticos: ¿sufre el Presidente algún trastorno de índole mental, que justifique la ingesta de dicho medicamento? De ser así, ¿es ésta la causa de lo que algunos expertos llaman “variaciones significativas” en el estado de ánimo de Fox? ¿Cuál es el efecto del Prozac en su equilibrio emocional, estado físico, y desempeño profesional?

En marzo de este año la senadora priísta Dulce María Sauri presentó una iniciativa de ley para que la información de los expedientes médicos del Presidente y otros altos funcionarios pueda ser conocida. Según la legisladora, ello tendría como fin garantizar que el mandatario pueda ejercer sus funciones plenamente, sin invalidez y sin que “otras voluntades” usurpen sus funciones. Es evidente la dedicatoria a la Señora Marta, cuyo activismo llena –y rebasa- los espacios políticos de los que su marido se ha ausentado, voluntariamente o a consecuencia de lo que algunos llaman las “severas depresiones” que padece, y que se reflejan en constantes cambios de carácter.

La iniciativa de ley propuesta por Sauri refleja la creciente consternación de algunos miembros de la clase política y de la sociedad ante lo que anteriormente eran consideradas “ocurrencias” de Fox, y hoy son vistas con preocupación como el producto de una mente inestable. El hecho de afirmar que se siente “como un campeón”, cuando el país entero está polarizado, cuando el conflicto en Oaxaca ya rebasó a los tres niveles de gobierno, cuando el movimiento ciudadano contra el fraude electoral aumenta día a día su número y la dureza de su discurso, no hace sino avivar las sospechas de que Fox no está en sus cabales. No por nada se ha dicho que Vicente Fox es el Presidente de dos países distintos: México, por un lado, y Foxilandia, por el otro. Es de este último país de donde el Presidente no ha salido en los últimos 6 años, y en donde se empeña en vivir en forma permanente.

En Foxilandia ya no hay pobreza extrema. En el país del Presidente se vive una democracia ejemplar. El empleo crece. La economía tiene rumbo. Las relaciones internacionales están en su mejor momento. En ese reino maravilloso los logros están a la vista de todos.

Es el Fox que parece estar peleado con la realidad. Quien prefiere evadirla con pastillas verdes antes que sentarse a dialogar con renegados amarillos. Quien está convencido de que el mundo en que vive no sólo existe, sino que es infinitamente mejor que aquel en que habitan sus compatriotas. Quién les manda ser tan negativos, tan pesimistas, tan “contreras”. Quién les manda ser renegados.

¿Hasta dónde la afición de Fox por estas drogas que causan hábito, puede ser peligrosa para el país? ¿Hasta dónde los cambiantes estados de ánimo del Presidente se quedarán en lo puramente anecdótico, o podrían nublarle el entendimiento en la toma de decisiones quizá trascendentales? ¿Quién sale ganando con un Presidente que vive bajo los influjos de una “pastillita mágica”?

A la sorpresa inicial de tener un mandatario dicharachero, bonachón y poco convencional, debe agregarse hoy la preocupación por tener un Presidente con disturbios emocionales, y que considera que atenderlos es sinónimo de vivir permanentemente dopado.

Vicente Fox, un peligro para México.

Francisco Velázquez es Lic. en Administración
Correo-e:
pacostraffon@gmail.com

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